Nada que demostrar
Disfruta leyendo la primera newsletter de Todo en desorden.
La primera cola que me salté en mi vida fue el día de la muerte de mi madre. Tenía once años.
Enero del año 2000. En mi pueblo de Extremadura daban sus últimos coletazos los velatorios realizados en las casas familiares de los fallecidos. Supongo que el primer tanatorio de Castuera estaría en obras, a punto de caramelo. Pero a mi madre no le dio tiempo a llegar. Ni a eso ni a otras tantas cosas.
Murió joven, pero al menos murió en casa. Un consuelo.
Me habían desterrado de allí unos días antes, tal era el olor a parca que impregnaba el gotelé de las paredes. Ese gotelé que sigo odiando. He renunciado a alquilar o comprar algunos pisos por culpa del gotelé, la única moda que espero que hayamos desterrado para siempre. Acepto la pana, los pantalones de campana, ir a misa los domingos, hasta las crestas y las coronas a lo Xavi, pero me niego a aceptar la vuelta del gotelé. Si regresa, estamos jodidos.
Fue mi padre quien hizo la llamada de rigor a la familia que tuvo el detalle de cuidar de mí durante aquellos días para que me llevasen al espectáculo. No sé muy bien el contenido de la conversación, pero mi humor negro a veces juguetea con frases como “el pájaro está en el nido, traed al paquete”.
Aquella familia supo mantener la mirada de póker cuando ya era oficial que tenían un huérfano entre sus paredes.
Vamos a tu casa dando un paseo, ¿te apetece?, me preguntaron. Pillé su voz temblorosa, pero no dije nada; bastante habían hecho por mí.
Recorrimos las siete calles que separaban su casa de la de mía. Nada más hacer el último giro —el de la guardería, esquina con la librería de la Antoñita— miré hacia la estatua de Salvador Allende (ni idea de por qué ese señor tiene una estatua en mi calle) y supe que mamá había muerto.
Tal acumulación de coches en doble fila y personas conocidas guardando cola junto al número 44 —algunos fumando y otros moqueando— no podía tener otra razón.
Cuando llegué, cientos de miradas de pena me atravesaron. Odié a todos los que me miraron así en aquella puerta. Hoy me sigue sucediendo; tiendo a interpretar —o a confundir— la lástima y la condescendencia ajenas con la superioridad moral propia.
Aguanté estoico. Mostré mi mejor sonrisa. Me hice el sueco con lo de ser huérfano. Fui el chico simpático y maduro que todos querían ver.
Mi padre no tardó en salir a buscarme cuando se extendió el rumor de que el niño —el paquete— había llegado. Fue junto a un viejo árbol que ya no existe donde me soltó la noticia con más cariño del que solía ser habitual.
Mamá ha muerto, ¿quieres darle un último beso?
Acepté. Fue la despedida correcta. Cualquier otra me hubiera dejado dudas y expectativas incumplidas. Pasa lo mismo con algunas ex: es mejor darse una segunda oportunidad que volverá a acabar en desastre que tirarte toda la vida preguntándote qué hubiera pasado.
La nuestra era la típica casa de pueblo: muros anchos, anemia de ventanas, un enorme patio al fondo y un larguísimo pasillo con habitaciones a cada lado. El cuerpo sin vida de mi madre me esperaba en la tercera estancia del ala izquierda.
Lo primero que me pregunté cuando mis ojos contemplaron ese pasillo lleno de gente más o menos conocida fue de dónde cojones habrían sacado tantas sillas. La hostia. En casa no teníamos más de diez o doce sillas y en aquel pasillo había más de cuarenta. Años más tarde me dijeron que los vecinos solían prestarse las sillas para los velatorios. Un hoy por ti y mañana por mí de los de toda la muerte.
La fila para hacer la ofrenda de respetos a mi difunta madre llegaba desde la puerta de su habitación hasta la calle.
Debieron entregarme un puto Óscar al mejor huérfano-actor cuando me salté aquella larga cola.
En vez de actuar como lo que era —un niño asustado que no tenía la menor idea de qué iba a ser de él a partir de ese momento— traté de demostrar serenidad y calma.
Venga, chavales, todo bien, si solo era una madre. Además, las madres son como las opiniones: todos tenemos una, así que no serán tan importantes, ¿no? Nada, nada, no os preocupéis por mí, que yo soy un puto crack sobreviviendo, y encima mirad, mirad, mirad esta sonrisa. La veis, ¿no? Es buena, ¿eh?
Lo hice bien. Tan bien que se lo creyó hasta mi padre. Vaya hijo maduro tengo, le escuché decir unos días más tarde.
Es de justicia añadir que quince años más tarde su frase mutó en un “vaya apóstata, perroflauta y golfo me ha tocado”, cuando comprobó que su hijo prefería los bares a los Salones del Reino y sentía más predilección por leer a Maugham, Faulkner, Borges o Pla que al reconvertido San Pablo o al imaginativo San Juan; a pesar de que los tipos que ven dragones volando suelen interesarme mucho. Lean Apocalipsis para más referencias.
La historia de mi recién estrenada orfandad no termina ahí.
Tras recorrer en sentido contrario las siete calles —siendo pleno enero, ¿a nadie se le ocurrió llevarme en coche?— regresamos a la casa de mi destierro, donde alguien tuvo la brillante idea de poner La máscara. Sí, la peli. No, la de DiCaprio y Luis XIV no. La de Jim Carrey. Esa en la que un aburrido empleado de banca se calza una máscara y se convierte en algo parecido a un híbrido verde entre Pocholo y Chimo Bayo.
Me había jurado aparentar seriedad y tristeza. Como un buen huérfano, oiga. Y me resultó difícil, porque ese maldito Carrey era un crack del humor para un niño de once años. Aquel tipo se salía. Yo creía que había llegado al culmen interpretativo de su carrera con Ace Ventura, detective de mascotas…, pero no, Jim siempre me sorprendía con una obra de arte aún mayor. Hasta que le dio por hacer la mierda esa del Número 23.
Pero lo que fue realmente difícil fue evitar que se me alegrara la cara cuando apareció en la pantalla Cameron Díaz con un vestido rojo empapado por la lluvia, su pelo rubio y unas maravillosas tetas turgentes que se movían con exquisita precisión cuando el protagonista de la película estrechaba su mano para presentarse.
Mi madre acababa de morir, y no era de recibo que un huérfano con el carné aún provisional anduviera riéndose o luciera una sonrisa golfa.
Me obligué a actuar con seriedad, madurez, serenidad y reflexión. Era lo que los demás esperaban. Tenía mucho que demostrar.
Pedí con un hilo de voz irme pronto a la cama. Sin cenar, por supuesto: el ayuno parecía pegar más con el luto. Desde la cama traté de hacer algún ruidito de moqueo y respiración entrecortada. Ni siquiera me masturbé pensando en las tetas de Cameron.
¿Significa esta confesión que no estaba triste o no quería a mi madre? Nada más lejos de la realidad.
Todo era una nube, un mal sueño, una absurda irrealidad. Tenía madurez para entender que mi forma de actuar afectaba a los demás, pero también para comprender que mi vida ya no volvería a ser la misma.
He echado de menos a mi madre, pero mucho más a ese niño que yo mismo maté.
Desde aquel día he tratado de demostrar que soy el mejor amigo, la mejor pareja, el mejor narrador e incluso el mejor hijo. Me ha salido regular. Agota. Tener tanto que demostrar acaba siendo un tsunami de expectativas imposibles de cumplir.
Fue una mujer —¿cómo no?— la que me dijo por primera vez aquella frase que lo empezó a cambiar todo: “tranquilo, no tienes nada que demostrar”.
Ojalá hubiera sido Cameron mientras yacíamos desnudos y sudados en una cama. Pero no; aunque su mensaje fue igual de potente, a pesar de la piel flácida y el pelo invadido de canas de aquella mujer a la que siempre llamaré maestra.
Me repito el mantra cada día. Nada que demostrar. Nada que demostrar. Me relaja. Me activa el ahorro de energía. Escribo con menos filtros. Y así es como salen algunas frases de las que no me avergüenzo del todo.
Llevo tatuada la frase en el brazo derecho. Me sirve de recordatorio cuando estrecho la mano de alguien que admiro.
No hay que olvidar que la admiración puede convertirse en el muro social más poderoso de todos.
Si no tengo nada que demostrar, puedo saludar a cualquiera sin temer reacciones inesperadas. Incluso me atrevería a darle las gracias a Jim por las bromas y a Cameron por las tetas en aquella noche de destierro, muerte y gotelé.
¡No te pierdas nada!
Suscríbete y podrás seguir recibiendo maravillas como esta que acabas de leer.
© 2026. Todos los derechos reservados.
